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Jacinto Maqueda: «Si hay ilusión y fe, es estupendo llegar a los 98, aunque los médicos jóvenes no me pidan consejos»

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Jacinto Maqueda: «Si hay ilusión y fe, es estupendo llegar a los 98, aunque los médicos jóvenes no me pidan consejos»
Jacinto Maqueda: «Si hay ilusión y fe, es estupendo llegar a los 98, aunque los médicos jóvenes no me pidan consejos»

Jacinto Maqueda tiene 98 años y ha ejercido la medicina durante sesenta. Hermano número uno de varias hermandades sevillanas, es el colegiado con más antigüedad del Colegio de Médicos de Sevilla. Este especialista en aparato digestivo que fundó el Sindicato Médico y ha tenido nueve consultas abiertas en Sevilla y provincia a lo largo de su dilatada carrera profesional, es Hijo Adoptivo de Cádiz en reconocimiento a los servicios prestados el 18 de agosto de 1947, cuando era médico militar y tenía apenas 25 años, tras la explosión de un polvorín de la Armada en Cádiz que causó más de 150 muertos.

Está jubilado desde hace quince años pero es el colegiado número 1 del Colegio de Médicos de  Sevilla. Debe de estar muy orgulloso.

 Empecé a trabajar como médico en 1946 y todavía mantengo relación con muchos colegas de profesión. Yo seré médico hasta que me muera y como prueba de eso le cuento que ahora le voy poner un escrito al Papa dimisionario Benedicto XVI sobre el herpes zóster que padece.

Ratzinger tiene 93 años, cinco menos que usted, y tendrá buenos médicos.

Salí junto a él en 1983 en la sección «Las caras de la noticia» de ABC y le profeso una especial admiración. Le quiero escribir para decirle que si enfermedad, aunque dolorosa, es curable. Si no lo escrito todavía es porque me falla la vista y no tengo fuerza en las manos frente al ordenador. Las tengo flojas.

¿Cómo se ve la vida con 98 años?

Si hay ilusión, vocación y fe, es estupendo llegar a los 98. Si no, no debe de ser bueno llegar. Creo que hay que adaptarse a la edad que uno tiene y hacer acopio de la paciencia necesaria para poder luchar por los problemas.

¿A qué problemas se refiere? Ya no tiene la tensión de un trabajo o de una consulta médica.

Sin problemas, la vida se acaba. Hay que mantener la ilusión y mi ilusión es ahora conformarme con lo que tengo después de tantos años de vida.

¿Por qué habla de conformarse?

Porque después de tantos años de vida me ha cogido la peor pandemia posible, la del coronavirus. Algo nuevo por completo.

¿No ha vivido nada parecido en estos 98 años?

Viví una epidemia de tifus en 1937 y aunque murió mucha gente, no se extendió tanto como ésta. Mi tío Eloy Domínguez, que era un gran especialista en aparato digestivo y fue presidente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, tuvo que mantenerse recluido en el hospital durante algún tiempo. También viví hace muchos años una epidemia muy mala de gripe en las que murió muchísima gente pero creo que no fue tan grave como lo de ahora.

Usted nació dos años después de que terminara la mal llamada «gripe española» que mató a unos 40 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1920. ¿Sus padres le hablaron de ella?

No recuerdo que me hablaran de ella. Mi padre murió en 1933, cuando yo tenía 11 años, de cosas del pecho, que era de lo que moría mucha gente en aquella época.

¿Qué haría usted para combatir la pandemia actual que vea que no se haya hecho?

Creo que faltan hospitales y sobre todo creo que han faltado médicos y enfermeras, lo cual ha agravado mucho las cosas. No entiendo que haya más políticos que médicos porque los segundos son mucho más necesarios que los primeros, como se está viendo ahora con esta pandemia.

Su profesión ha cambiado mucho desde que empezó a ejercerla. Antes los médicos eran casi dioses y ahora cualquier persona llega a un centro de salud y les insulta si tienen que esperar mucho o no les receta lo que quieren.

Creo que falta paciencia a los médicos y falta paciencia a los pacientes, que a veces se ponen impacientes. Y eso deteriora la asistencia. En mi primera consulta, en la calle Zaragoza, puse una placa donde decía que daba consultas gratis a las 11 y me criticaron mucho los compañeros. Al año y medio tuve que quitar la placa por la abundancia de enfermos que venían. Mi madre me decía que veía desde el balcón a gente esperando a que abriera la consulta desde las 6 de la mañana.

Esos enfermos sí tenían paciencia.

Sí, pero era otra época. Ahora nadie quiere esperar por nada. Yo he atendido a enfermos sin recursos durante toda mi carrera como médico. Les daba también medicamentos. Tuve nueve consultas, cinco en Sevilla y cuatro en Morón de la Frontera.

¿Observa que falta cariño hoy entre los médicos y sus pacientes?

Para mí los médicos actuales son unos héroes por lo que han hecho desde marzo durante la pandemia. Pero observo que ese cariño que había antes ya no existe. Lo disculpo y lo comprendo porque la medicina actual está muy masificada. Hay muchas enfermedades y pocos médicos. Y la sociedad ha perdido el respeto, la educación y la paciencia, como decía antes. En mi época nos hacíamos respetar. Íbamos siempre vestidos con traje de chaqueta y corbata y hablábamos siempre de usted y con mucha educación.

La educación la pierden sobre todo algunos pacientes.

Y hay pacientes que llegan a la consulta queriendo saber más que los médicos. Y se creen que saben lo que tienen después de consultar cosas en el ordenador o en el móvil.

Doctor Google...

Estos pacientes se creen que saben algo y van al médico a preguntarle como si ellos también fueran médicos. Y eso genera desconfianza en los médicos.

Más humanidad en la medicina: «Mi consejo a los jóvenes es que quieran más a los enfermos, les sonrían más y les den la mano. El cariño es lo principal y no tantas medicinas»

¿Qué les aconsejaría a los médicos jóvenes que empiezan a ejercer la profesión?

Los jóvenes no me piden consejo. Creo que no quieren consejo de los mayores porque se ven autosuficientes, quizá porque tienen más estudios que los sanitarios de mi época. Mi consejo principal es que quieran más a los enfermos. Creo que deberían sonreír más y mirarlos más a los ojos, darles la mano o un abrazo. El cariño es lo principal y no tantas medicinas. Creo que más humanidad.

Mucha gente lo reconoce por la calle, lo saluda y lo felicita. Supongo que eso ayuda a salir a diario a la calle.

Es verdad, me paran mucho por la calle. A mí me gusta moverme y conozco a bastante gente que me sigue y me persigue. Salgo todas las mañanas. Me ando y me muevo más que mucha gente, aunque ahora llevo un andador por una operación de cadera.

¿Ha sufrido muchas lesiones en estos últimos años?

He tenido muchas caídas y me han operado de la cadera dos veces, de la izquierda y de la derecha. He tenido muchísimos males pero gracias a Dios los he pasado. Tuve un apendicitis hace muchísimos años y la cosa se puso muy mala. Estuve a punto de morir y me libré por una hora. Fueron a buscar a mi tío Eloy y él pudo llamar al cirujano para que me operara inmediatamente. Estuve en la UCI 17 días. Me dieron por muerto la tercera noche en la UCI pero me reanimé y empecé a mejorar. Otra vez, siendo alférez de la milicia universitaria, me ofrecieron un caballo y me preguntaron si sabía saltar. Yo dije que sí sin haberlo hecho nunca, el caballo me tiró al suelo y me quedé enganchado al estribo durante diez minutos. El animal estuvo a punto de pisarme la cabeza varias veces pero sólo me rozó. Creo que el que me cuida ahí arriba es más que un médico.

Va todos los días a la Catedral a las 9 y media de la mañana.

Soy un hombre de fe. Lo hago desde que me jubilé en el año 2005. Yo soy tan catedralicio como mi padre. Me tienen reservado un sitio y me gusta ir a los laudes y ver el coro que canta los latines. Para mí fue un disgusto que suprimieran los cultos principales en latín.

¿De cuántas hermandades es usted?

De once. Y soy el número uno de varias. Prefieron no citarlas por si se me olvida alguna pero tengo varias medallas de oro, plata, platino y todo.

Este año se suspendieron las procesiones de Semana Santa por culpa del coronavirus. Usted es de los pocos sevillanos que vivió la suspensión de la Semana Santa de 1933, durante la II República, y que aún puede contarlo.

Sí, lo recuerdo muy bien y fue muy dolorosa. Recuerdo que hubo un político que dijo que España había dejado de ser católica. Yo era niño pero pegué un salto en el sillón.

¿Había menos devoción antes que ahora?

Ahora los costaleros son hermanos y se nota mucho la diferencia en la forma de llevar los pasos. En 1933 los hermanos lloraban a escondidas la suspensión de la Semana Santa y este año se lloraba en las calles de forma pública. Hubo algunos valientes que en 1933 salieron a la calle a llorar o protestar pero hay mucha diferencia con respecto a los de ahora.

«Los americanos que traté en la base de Morón estaban obsesionados querían aprender a tocar la guitarra y teníamos en Morón al mejor guitarrista de la época, que era Diego del Gastor. Algunos aprendieron a tocarla»

¿Recuerda cuándo decidió que quería ser médico?

Lo tengo grabado en la cabeza. En 1932, cuando tenía 10 años, en el huerto de la casa de mi padre en Alcalá de Guadaira, mi tío Eloy fue a verlo junto con otro médico llamado Paulino García Dona, que murió con cien años. Me quedé escuchando la conversación y los oí hablar de la enfermedad de mi padre, que se lo llevó al año siguiente. Recuerdo que decían que mi padre, al que llamaban don Jacinto, era muy mayor pero que lo iban a curar.

Su padre sólo tenía 46 años.

En aquella epoca eso era muy mayor, aunque yo ya tengo más del doble. Decidí hacerme médico tras esa conversación y comprobar el cariño con el que hablaban de mi padre.

Fundó el Sindicato Médico Libre en 1975 y cofundó en 1997 el actual Sindicato Médico.

Y mis colegas me eligieron presidente de ese sindicato. Queríamos defender los derechos laborales de los facultativos.

Llegó a decir que a los médicos los había expropiado la Seguridad Social.

Eso fue en 1983 y se armó un gran revuelo. Pero es justo lo que pasó.

Se especializó en el aparato digestivo y trató a muchos canónigos. ¿Los religiosos tienen muchas úlceras?

Tenían bastantes úlceras y colon irritable. Los canónigos eran muy buenos enfermos y yo los animaba mucho. Les daba unas pastillitas que les decía que eran milagrosas. Recuerdo que traté a dos hermanos que estaban en el coro y tenían unas voces increíbles. Vinieron a mi consulta de la calle Gamazo con sus sotanas.

También trató muchos militares en la base de Morón. ¿Cómo estaban los norteamericanos del estómago?

Aunque estuve muchos años yendo a diario a Morón de la Frontera desde Sevilla para atender a los empleados de la base, lo que recuerdo ahora de los americanos es que querían aprender a tocar la guitarra. Estaban obsesionados con eso y teníamos en Morón al mejor guitarrista de la época, que era Diego del Gastor, muy conocido entonces en América. Algunos aprendieron a tocar la guitarra.

Por cierto, por esa época se enamoró de una de sus pacientes.

Entre los muchos enfermos que venían, me vino un día una de La Puebla de Cazalla, Christianne, una francesa que estaba de vacaciones en Andalucía y que sufrió un fuerte dolor de vesícula. Yo hablaba un poco de francés y la traté con cariño, como a todos los enfermos. Más tarde me la encontré en la calle e hicimos amistad. Y de ahí llegamos al altar. Y hasta hoy. ¡Bendita mujer!

 





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